Capítulo 11
Llegue a casa y no podía parar de pensar en Pablo. Nunca me hubiera imaginado todo esto. Pobre. Lo tuvo que pasar muy mal por culpa de su padre, pero eso no volvería a suceder. Su padre estaba en la cárcel y ahora me tenía a mí.
Pasó un mes y todo era perfecto. Paso rápidamente y cada día era más feliz. Estar a su lado era simplemente perfecto. Aunque en algún momento discutimos, eran cosas tontas y sin importancias. Cada día era una nueva sorpresa. Hacía bobadas para hacerme reír como una tonta, me daba detalles, me decía cosas bonitas… Y lo más increíble era que los dos éramos felices. Éramos él y yo. Los demás no importaban. Nada ni nadie conseguiría que nos separáramos. Quería ser y estar perfecta para él, asique…
Estaba en el recreo con mis amigas, les dije que se fueran a clases, que ahora iba. Fui al baño y mire si estaba vacío, me metí en uno de los cubículos y escuché por si acaso. Había comido demasiado y necesitaba echarlo para estar delgada. Metí los dedos, ya lo llevaba haciendo un mes, quizás algo más. Ahora me salía a la primera. Note como mis dedos tocaban mi campanilla. Estaba vomitando cuando escuché que alguien abría la puerta del baño en el que estaba. Cuando pude me di la vuelta para ver quién me molestaba. Pablo. Él. Me miraba con ojos decepcionados. Esos ojos que muchas veces mostraban amor, hoy mostraban decepción. Me sentí mal. No me podía mover. Se dio la vuelta y se fue. Me limpié y me fui en clase. No pensaba en nada. Solo en hablar con Pablo. Cuando llegue, él estaba guardando sus cosas.
—Cariño, ¿a dónde vas? —Le pregunté.
—No te importa. Adiós.
—¡Pablo! ¡Pablo! ¡Háblame, por favor! Joder, Pablo. —grité como una loca, la gente me miraba pero a mí me daba igual.
No pude detenerle. El profesor entró en clases y no pude seguirle. Aguanté como pude hasta que el colegio terminó. Salí corriendo esperando que Pablo estuviera fuera. Pero no estaba. Llamé a su móvil. No me contestaba. Estaba destrozada. Llamé y llamé pero no respondía. Llegué a mi casa y ahí estaba él. Esperándome en las escaleras. Parecía que había llorado. Sus ojos estaban rojos e hinchados.
—Princesa, tenemos que hablar. —Tenía miedo. Temí que me dejara—. Siento haberme marchado, pero necesitaba pensar.
Me abrazó mientras sus ojos se humedecieron.
—Pablo, no llores. Cariño… por favor. Todo está bien. Comí demasiado y me encontraba mal, y pensé que así me dejaría de doler el estomago. Casi nunca lo hago… —Sí, le mentí. Mentí a Pablo. Mi novio.
—No vuelvas a hacerlo. Princesa, prométeme que nunca más lo harás.
—Está bien. Te lo prometo. —Volví a mentir—. Si quieres podemos ir a comer una hamburguesa.
Si me ve comer seguro que me cree, ya lo devolvería más adelante.
—Vale.
—Invitas tú.
—Eh, ¿y eso por qué?
—Porque sabes que mi economía es de mala a pésima.
—Princesa, gastas demasiado.
—Boh, tontito. Entro en casa a dejar la mochila y nos vamos.
Sonrió. Entré en casa y le dije a mi madre que hoy iba a comer con un amigo porque luego debíamos hacer un trabajo y su casa estaba muy cerca de la biblioteca y me fui. Ese día comí una hamburguesa, bebí una coca-cola y de postre un trozo de tarta de chocolate. Parecía que iba a explotar. Me sentía gorda pero no podía hacer nada. No debía darle motivos a Pablo para que se preocupara. Pablo no paraba de hacerme reír, de besarme… Todo estaba bien… al menos de momento.